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martes, 22 de julio de 2008

ENSAYO SOBRE EL ENSAYO


ESTIMULANTE. La escritura de un ensayo resulta en un ejercicio de creatividad, imaginación, rigor y sapiencia.
En el texto que a continuación se publica, la Prof. Elsa Elida Von Fehleisen se aproxima a una definición de una forma literaria que, retomando una frase de Isidoro Blastein, tiene entre sus objetivos descorrer el velo de la belleza y desgarrar el velo de la estupidez humana.



En este camino que es búsqueda, y que se hará al andar, como dijo el poeta, lo mejor es situar un punto de partida o de referencia y ese lugar, situado nel mezzo del camino de la vida literaria occidental es, sin duda, la obra maestra de Montaigne: sus famosos Essais.Alguien dijo por ahí (no recuerdo quién, ni donde), que el ensayo es “una pirueta de la idea”. Estaría en lo cierto si fuese una idea que lo provoca, pero lo que caracteriza al género es la riqueza y multiplicidad de las ideas que tan pronto se aproximan como se alejan, en constante movilidad. En este aspecto sí es verdad lo de la pirueta, porque como en el juego de la mancha lo toco y disparo.De ninguna manera es esto lo fundamental; sólo vale como una aproximación a lo nuclear: quiero decir algo sobre algo.El quid está en el cómo, porque no se trata de divagar ni de bailar con cualquier son, sino de desvelarse y desvelar en el sentido de dotar al pensamiento de la necesaria agudeza y tensión para quitar velos que nos permitan acceder a la verdad oculta; pero no dejarla desnuda, sino velada por nuevas transparencias, porque un ensayo no es una colección de obviedades, ni de sospechosas certezas.ELASTICIDAD. Tiene razón Rafael Virasoro cuando habla de “la desmesurada elasticidad del ensayo” o de lo que se cree que es.El objeto está hecho con palabras, debe ser liviano pero no el sentido de liviandad y superficialidad, sino librado del peso de la documentación, pruebas y citas bibliográficas. Ortega y Gasset que lo manejó bien, dijo que “el ensayo es la ciencia, sin la prueba escrita”. Está bien que se supriman los documentos probatorios, pero no pasa lo mismo con las citas, pues su supresión conlleva dos riesgos: uno, que el escritor aparezca como un punguista de las ideas de otro; dos, que deja a los asertos que se formulen, lindantes con la especulación, uno de los ingredientes de la ensayística borgeana. Pero cuidado: ¡no es para todos la bota de potro!Por las razones más arriba anotadas no pueden entrar en la categoría ensayo las monografías, los tratados, los análisis críticos o investigaciones históricas que por su misma índole exigen un aparato crítico que les confiere densidad y les hace sobrepasar los límites de extensión aceptables.Pueden entrar sin rubor, como ensayos breves, un artículo periodístico bien escrito, con las notas tipificadoras de un ensayo, un comentario sobre una obra literaria, la presentación de un libro o una exégesis histórica.Las páginas literarias de los diarios, en otras épocas, eran habitualmente, verdaderos ejemplos de esas manifestaciones. Las modernas orientaciones de la crítica les han quitado sabor, trastocado amenidad por pesantez y fruición por aburrimiento.Sarmiento, a quien se lo presenta siempre con cara de pocos amigos y en postura de vejete agrio cuando no loco, maneja los ingredientes señalados, con suma habilidad y nos entrega en sus viajes regocijantes digresiones.Es precisamente la disgresión, un componente salutífero del ADN ensayístico. Bioy Casares, ese escritor que supo manejar el género, dice que “con las digresiones entra en los escritos la vida”.MAESTROS. Conviene aclarar que aunque ensayos se han escrito desde la antigüedad, (¿qué si no un ensayo ad usum tempori es De Senectute de Cicerón?), es en el siglo XX que este género adquiere categoría de tal y presenta diferente índole.En nuestra lengua fueron maestros Unamuno, Ortega y Marañón y lo fueron por su extraordinaria “capacidad para aumentar y extender el nivel de conciencia del lector”. Con estas pocas palabras, Harold Bloom caracteriza al género literario, y creo que ése es o debe ser el objetivo que persigue el ensayista: a lo que el lector desvelado puede entender y comprender, el escritor arrima unas pautas que sólo tienen por objeto mostrarle el falso realismo de lo aparencial y acceder a lo profundo del corazón abierto.En América latina han cultivado este género personalidades de la talla de Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Rafael Martínez Estrada, Héctor Murena, Ricardo Rojas y Alfredo Palacios.RASGOS. El objetivo de este trabajo es señalar ciertos rasgos que formarán parte de su intrínseca naturaleza. Son fundamentales en un ensayo el ritmo en la construcción del escrito y que prevalezcan la ideación y la originalidad, que deben ocupar los espacios que dejan vacíos la elocuencia y la hinchazón.Esto no quiere decir que el ensayo baje su temperatura, que siempre debe estar a pocos grados de la pasión, sin quemarse.Y en este punto es bueno agregar que el ensayista camina por el filo del riesgo y todas las caídas al vacío, son de su exclusiva responsabilidad, sin arnés y sin soga. Y esto sólo pueden hacerlo los espíritus libres y valientes.Duele, duele, pero como señalaba Isidoro Blastein: “La poesía descorre el velo de la belleza; el humor desgarra el velo de la estupidez humana”. El ensayo debe cumplir ambas funciones. Por eso es tan importante el manejo de un habla especial, personalísima y cuidada.CARACTERÍSTICAS. Una caracterización más o menos acertada del ensayo comienza por su aspecto formal. Y en este punto hay acuerdo en que se trata de un escrito en prosa, es un objeto literario, su extensión es limitada y la medida prudente es no mayor de veinte páginas. Esto vale para el ensayo literario; para el de tipo científico o histórico, la medida no rige.Hay obras que son una concatenación de ensayos breves y la mayor extensión no les quita carácter siempre que presenten las notas que los tipifican.En lo que respecta a su organización interna debemos señalar que debe ser ameno, vivaz y si se me permite, arriesgado. Además debe poner a disposición del lector claridad de elocución y correcto manejo de la lengua. Debe ser visionario en el sentido de ir más allá “de sus carnales muros”, según expresa Joaquín V. González. Se trata de que proponga un enfoque original, evidenciar un talento penetrante con una opinión personal que es inexcusable. No por nada señala Enrique Lynch que “no se puede hacer un ensayo desde la estupidez”.Para lograr estos propósitos, el ensayista cuenta, por toda herramienta, con el lenguaje, su lenguaje. Y aquí si hay que ajustar la cincha: nada de vulgarismos comunes, nada de sintaxis reumáticas, decir lo más con lo menos, evitar la cargazón, imprimirle un ritmo ágil y usar el discurso connotativo. Además, elegir la palabra justa, fundante, no meramente decorativa y en todo momento debe haber elegancia y buen gusto.Todo en su justa medida y armoniosamente. Cualquier exceso en tan delicados ingredientes, pone al ensayo en situación lindera con un libelo.El don verbal que Borges admiraba en el Ulises de Joyce y en Quevedo, debe ser administrado con discreción y elegancia, con humildad y eficacia, para no caer en la desagradable pedantería o suficiencia.APROXIMACIÓN. Cualquiera puede darse cuenta de que con todo lo que aquí se ha dicho y mostrado, es ilusorio creer que se pueda formular un concepto “claro, uniforme, inequívoco”, como aspiraba el Dr. Rafael Virasoro en el inicio de su colaboración sobre El ensayo para la Revista Universidad Nº 78, de la Universidad Nacional del Litoral.Es con esa aspiración que encabecé este Ensayo sobre el Ensayo y, como es evidente, estamos en el mismo punto desde el cual partimos. De todos modos creo modestamente que poco debe importar el concepto si el escrito, llámese como se llamare, ha movilizado nuestras ideas, si nos ha desarrollado la capacidad de pensar y si nos ha conmovido por su belleza y la verdad de su formulación y, si internamente somos un poquitito mejores que antes, es lo que cuenta.Un poeta amigo (Miguel Angel Federik) lo dice mejor que yo, cuando en su Imaginario de Santa Ana expresa: “La palabra ve por mí, toca, huele, anda”.Y, si quiere disfrutar con ensayos verdaderos lea a Octavio Paz en El laberinto de la soledad, o Los penúltimos días, de Héctor Murena o alguno de los que escribe en la actualidad Santiago Kovadloff o Abel Posse.