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lunes, 15 de septiembre de 2008

PROPUESTAA DE JABULANI LIBROS

PROPUESTAS DE LA SEMANA

PROPUESTAS DE LA SEMANA

 

Joyce Kilmer

 

AGRADECIMIENTOS

 

«¿Por qué no escribís un relato sobre un robo del árbol de Navidad del Rockefeller Center?», nos preguntó Michael Korda.

Esto sonaba como un divertido reto, así que nos embarcamos en el empeño de contar el cuento.

Ahora es el momento de dar los premios a la gente que nos ha soportado durante este empeño.

Estrellas titilantes para nuestros editores Michael Korda y Roz Lippel. ¡Sois los mejores!

Guirnaldas brillantes para nuestros agentes Gene Winick y Sam Pinkus, así como para nuestro publicista Lisl Cade.

Adornos dorados para la directora adjunta de edición Gypsy da Silva, la editora de mesa Rose Ann Ferrick y los correctores de pruebas Jim Stoller y Barbara Raynor.

Alzamos nuestra copa en un brindis por el sargento retirado Steven Marron y por el detective retirado Richard Murphy, por su perspicacia.

Cantamos alegres villancicos a Inga Paine, cofundadora del vivero Paine de árboles de Navidad, a su hija Maxine Paine-Fowler, a su nieta Gretchen Arnold y a su hermana Carlene Alien, que aceptaron que invadiésemos la tranquilidad de su tarde de domingo en el porche de su casa en Stowe, Vermont, con nuestras preguntas sobre los árboles que habíamos creado para estas páginas.

Una perdiz en un peral para Timothy Shinn, que nos explicó la logística para trasladar un árbol de nueve toneladas. Si hemos cometido algún error, por favor, perdónennos. Gracias a Jack Larkin por ponernos en contacto con Tim.

Un beso de vacaciones para nuestra familia y amigos, en especial para John Conheeney, Agnes Newton y Nadine Petry.

Caña de azúcar y cintas para Carla Torsilieri D'Agostino y Byron Keith Byrd por su «El árbol de Navidad del Rockefeller Center», relato sobre el famoso árbol.

Una muy especial coral de gratitud para la gente del Rockefeller Center por la alegría que proporcionan a innumerables personas desde hace siete décadas con su tradición de poner y decorar el árbol de Navidad más famoso del mundo.

Para acabar, para vosotros, nuestros lectores, nuestros mejores deseos. Que sean vuestras vacaciones felices, llenas de dicha, alegres y luminosas.


 

 

 

Pienso que nunca veré

un poema tan encantador como un árbol.

Joyce Kilmer


 

 

Capítulo 3

—Debes de estar agotada, Regan —se preocupó Nora Regan Reilly, mirando cariñosamente a su única hija, que estaba sentada al otro lado de la mesa del desayuno.

Para los demás, la hermosa Regan de cabello azabache era una estupenda detective privada, pero para Nora su hija de treinta y un años seguía siendo la niña por la que daría su vida.

—Yo la veo bien —opinó Luke Reilly, dejando la taza de café encima de la mesa con ese gesto resuelto que anunciaba su partida.

Un traje azul marino con camisa blanca y corbata negra, uno más de la media docena de atuendos idénticos que poseía, cubría su cuerpo larguirucho de metro noventa y cinco. Luke era dueño de tres funerarias en el norte de New Jersey, de ahí que tuviera que vestir con discreción. Su atractiva cabeza plateada hacía juego con su rostro delgado, que podía parecer sombrío en caso necesario pero que siempre tenía una sonrisa fuera de las salas de visita. Ahora esa sonrisa envolvía a su esposa y su hija.

Estaban sentados a la mesa del desayuno de la casa que los Reilly tenían en Summit, New Jersey, el hogar donde Regan había crecido y en el que Luke y Nora seguían viviendo. También era el lugar donde Nora Regan Reilly escribía las novelas de misterio que la habían hecho famosa. Se levantó para darle a su marido un beso de despedida. Desde que lo habían secuestrado un año atrás, nunca salía por la puerta sin que a ella la embargara el temor de que pudiera ocurrirle algo malo.

Al igual que Regan, Nora poseía facciones clásicas, ojos azules y tez blanca. A diferencia de Regan, era rubia. Con una estatura de metro sesenta, medía diez centímetros menos que su hija y muchos menos aún que su marido.

—No te dejes secuestrar —bromeó solo a medias—. Queremos salir para Vermont a las dos como muy tarde.

—Por lo general, a la gente solo la secuestran una vez en la vida —señaló Regan—. Lo vi la semana pasada en una estadística.

—Y no olvides —le recordó Luke por enésima vez— que, de no haber sido por el dolor y el sufrimiento que padecí, Regan no habría conocido a Jack y ahora no estarías organizando una boda.

Jack Reilly, jefe de la Brigada de Casos Principales del Departamento de Policía de Nueva York y ahora prometido de Regan, había trabajado en el caso de la desaparición de Luke y su joven chófer. No solo atrapó a los secuestradores y recuperó el rescate, sino que en el proceso capturó el corazón de Regan.

—No puedo creer que lleve dos semanas sin ver a Jack —suspiró Regan mientras untaba mantequilla en un panecillo—. Quería recogerme en el aeropuerto de Newark esta mañana, pero le dije que no me importaba tomar un taxi. Tuvo que ir a la oficina a arreglar algunas cosas pero estará aquí a las dos. —Regan bostezó—. Volar de noche me deja un poco atontada.

—Pensándolo bien, creo que tu madre tiene razón —dijo Luke—. Un par de horas de sueño no te harían daño.

Besó a Nora, le alborotó el pelo a Regan y se marchó.

Regan rió.

—Juraría que todavía piensa que tengo seis años.

—Porque estás a punto de casarte. Ya ha empezado a decir que está impaciente por tener nietos.

—Dios, solo de pensar en eso me canso todavía más. Creo que subiré a tumbarme.

Una vez sola, Nora se sirvió otro café y abrió el The New York Times. Las maletas ya estaban en el coche. Quería dedicar la mañana a hacer anotaciones sobre el nuevo libro que acababa de empezar. Todavía no había decidido si Celia, la protagonista, sería interiorista o abogada. Dos tipos de persona diferentes, lo sabía, pero como interiorista resultaba verosímil que Celia hubiera conocido a su primer marido cuando le decoraba el apartamento de Manhattan. No obstante, si era abogada la historia requería otra dinámica.

Lee el periódico, se dijo. Primera lección para una escritora: poner el subconsciente en suspensión hasta que te sientes delante del ordenador. Miró por la ventana. La habitación del desayuno daba a un jardín, ahora nevado, que conducía a la piscina y la pista de tenis. Me encanta esto, pensó. La gente que habla mal de New Jersey me saca de quicio. En fin, como solía decir papá, no saben lo que se pierden.

Envuelta en su albornoz de raso acolchado, Nora se sentía a gusto y contenta. En lugar de perseguir a sinvergüenzas por Los Angeles, Regan estaba en casa y pasaría el fin de semana con ellos. Se había prometido a Jack unas semanas antes y nada menos que a bordo de un globo. Sobre Las Vegas. A Nora le traía sin cuidado dónde o cómo ocurriera, pero estaba entusiasmada con la idea de organizar al fin la boda de Regan. Y no existía un hombre mejor para ella que el maravilloso Jack Reilly.

En unas horas partirían hacia el hermoso Trapp Family Lodge, el hotel donde iban a encontrarse con sus queridos amigos Alvirah y Willy Meehan. ¿Qué más podía pedir?, pensó Nora mientras hojeaba la sección metropolitana del periódico. Sus ojos se posaron de inmediato en la foto en primera plana de una atractiva mujer posando en un bosque con falda larga, blusa y chaleco. El titular decía: EL CENTRO ROCKEFELLER

YA HA ELEGIDO ÁRBOL.

La cara de esta mujer me suena, pensó Nora mientras leía el artículo por encima.

Una pícea azul de veinticinco metros procedente de Stowe, Vermont, está a punto de ocupar su puesto como el árbol de Navidad más famoso del mundo de este año. Elegido por su majestuosa belleza, fue plantado hace casi cincuenta años en un bosque próximo a las tierras de la legendaria familia Von Trapp. Casualmente, Maria von Trapp estaba paseando por el bosque en el momento en que el árbol era plantado y le hicieron una foto posando al lado. Dado que está a punto de cumplirse el cuarenta aniversario de la película musical más famosa del mundo, Sonrisas y lágrimas, y que la película resalta los valores familiares y el coraje frente a la adversidad, el árbol gozará de un recibimiento especial a su llegada a Nueva York.

Será cortado el lunes por la mañana, trasladado en un camión plataforma hasta una barcaza cerca de New Haven y transportado por Long Island Sound hasta Manhattan. A su llegada al centro Rockefeller será recibido por un coro de cientos de escolares de toda la ciudad que interpretarán un popurrí de canciones de Sonrisas y lágrimas.

—Mira tú por dónde —exclamó Nora—. Cortarán el árbol mientras estemos allí. Será divertido verlo. —Y se puso a tararear—: «Las colinas tienen vida...».

 

* * *

 

 

DESDE EL DIVAN

 

Retrato de familia

Jorge Guinzburg.

 

Estoy indignado, doctor —dije al comenzar mi sesión terapéutica. Recibí un mail según el cual un filósofo español define a los argentinos así: "No intentéis conocerlos, porque su alma vive en el mundo impenetrable de la dualidad. Beben en una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto —el tango— y se ríen de la música de otro; toman en serio los chistes y de todo lo serio hacen bromas".

"Ellos mismos —seguía— no se conocen. Creen en la interpretación de los sueños, en Freud y el horóscopo chino, visitan al médico y también al curandero, todo al mismo tiempo. Tratan a Dios como ''el flaco'' y se mofan de los ritos religiosos, aunque los presidentes no se pierden un Tedéum en la Catedral. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones. No se puede discutir con los argentinos porque saben y opinan de cualquier cosa y en una mesa de café arreglan todo".

"Ellos son ''el pueblo elegido'', por ellos mismos. Individualmente, se caracterizan por su simpatía y su inteligencia, en grupo son insoportables por su griterío y apasionamiento. Cada uno es un genio, y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunir argentinos; unirlos: imposible".

"Un argentino es capaz de lograr todo en el mundo, menos el aplauso de otros argentinos. No le habléis de lógica porque eso implica razonamiento y mesura. Son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones. Cuando discuten no dicen: No estoy de acuerdo, sino ¡Usted está equivocado!"

Pero eso no es nada, doctor —seguí mientras mi indignación crecía. Además, el filósofo sostiene que "los argentinos aman tanto la contradicción que llaman ''bárbara'' a una mujer linda, ''bestia'' a un erudito y ''genio'' a un simple futbolista. Cuando alguien les pide un favor no dicen simplemente sí, sino ¡cómo no!. Son el único pueblo del mundo que comienza sus frases con la palabra no. Cuando alguien les agradece, dicen: ''No, de nada'' con una sonrisa".

"Los argentinos tienen dos problemas para cada solución. Pero intuyen las soluciones a todo problema. Cualquier argentino dirá que sabe cómo se debe pagar la deuda externa, enderezar a los militares, aconsejar al resto de América latina, disminuir el hambre de Africa y enseñar economía en los EE.UU. Los argentinos tienen metáforas para referirse a lo común con palabras extrañas. Por ejemplo, a un aumento de sueldos le llaman rebalanceo de ingresos; a un incremento de impuestos, modificación de la base imponible; y a una simple devaluación, una variación brusca del tipo de cambio. Un programa económico es siempre un plan de ajuste y a una operación financiera de especulación la denominan bicicleta".

"Tienen un altísimo número de psicólogos y se ufanan de estar siempre al tanto de la última terapia. Tienen un tremendo súper ego, pero no se lo mencionen porque se desestabilizan y entran en crisis. Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a sí mismos como liberados. Son prejuiciosos, pero creen ser amplios, generosos y tolerantes. Son racistas al punto de hablar de ''negros de m'' o ''cabecitas negras''.

Y como si esto fuera poco —continué— ese filósofo español remata: "los argentinos son italianos que hablan en español, pretenden sueldos norteamericanos y vivir como ingleses. Dan discursos franceses y votan como senegaleses. Piensan como zurdos y viven como burgueses, alaban el emprendimiento canadiense, tienen una organización boliviana, admiran el orden suizo y practican un desorden iraquí".

Entiendo su indignación, Jorge —interpretó mi terapeuta. Es muy feo que un extranjero hable tan mal de nosotros.

No, doctor —respondí. Yo lo viví como un elogio. Me indigna que no nos hayamos dado cuenta solos de que somos los más grandes del mundo.

Mi terapeuta no respondió, sólo me agregó dos sesiones más por semana.

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